miércoles, 24 de abril de 2013

EN UN DÍA DE ABRIL Incursiones 4

Llegó en silencio, como queriendo pasar inadvertido; pero a pesar de sus esfuerzos no lo conseguía.
Tenía una mirada límpida, tímida y honesta y quería aprender a escribir pensamientos, sensaciones, vivencias, porque a lo largo de su vida, aseguraba, lo que había hecho era escribir: procedimientos, normas, informes y elaborar documentación técnica.
Creía llegado el momento de dejar expresarse a la persona que compartía al técnico.

Relatos, cuentos, historias, siempre con un marcado sentido solidario, que evolucionaban hacia una sensibilidad y una frescura en su expresión al ritmo que se fue “dejando ir”.
 Escribió cuentos para los suyos, escribió sobre gente que no llegaba a fin de mes; sobre limpiadoras que acababan molidas y tenían un rasgo de suerte, sobre la injusticia señoreada sobre todos. Su ficción era menos ficción porque asomaba, bajo una capa muy fina, una realidad que avasallaba y era imposible oír o leer la historia sin ver enfrente al personaje que él había creado.
Su último cuento, “Retorno a la infancia”, (cuento para niños de hoy) como le subtituló, era una alegoría a la monarquía y su conversión en gente corriente que codo con codo trabajaría para el bien de todos.
La capa de introversión que la vida, con duros ataques,  le había ido creando fue poco a poco rasgándose hacia alguna dirección y transmitir esa humanidad y bonhomía que  quienes hemos sido sus amigos hemos podido disfrutar.
Se ha ido, también silenciosamente, como sin querer molestar.

Hasta la vista, José Luis.

lunes, 22 de abril de 2013

VIDAS APACIBLES Relatos 31

                                  
 La ruptura matrimonial de Andrea no tuvo nada de traumática.
Jaume, su ex, creía que la vida que llevaban era “demasiado apacible” y se había largado con una buñolera free-lance y su Vanette; para que luego digan de los emprendedores.
Fue un matrimonio sin descendencia ni trascendencia.

Ello marcó un antes y un después para Andrea. Acordó con la editorial para la que trabajaba que dejaría de traducir novelas sentimentales y románticas y crearía género negro.
Se había cansado de juegos de escondite con Cupido, Eros, esposas seducidas por esposos de amigas y viceversa para terminar, siempre, en bodas felices; historias que, a pesar de ello, se convertían en auténticos “best-sellers”.
Andrea decidió tener en vilo a sus lectores por una razón más prosaica, el crimen.

Sus primeras novelas, nada de un arranque tímido, ¡dos a la vez! : “El cadáver sin pololos” y “Asesinato en la mercería” causaron tal impacto que acapararon reseñas incluso en los suplementos literarios de la “prensa bien”. Se alababa calurosamente su capacidad para crear personajes, con brío, creíbles, hasta tal punto que se afirmaba “tenían vida propia”.
Si de algo se vanagloriaba Andrea ante quienes le preguntaban era: “ella creaba los personajes, les daba vida y los mismos, con su hacer, marcaban el camino de la historia”.
Una de las peculiaridades creativas de Andrea era la de nombrar a sus personajes: A, B, C, y así sucesivamente y una vez concluida su obra ya les ponía un nombre de pila, de entre los cuales nunca faltaba un Jaume.

La mañana del seis de febrero, Olga, la asistenta que venía por horas los miércoles, descubrió a Andrea desplomada en su sillón con una estilográfica clavada en el pecho y una gran mancha de sangre, mezclada con tinta, empapando su blanca camisa.
De inmediato contactó con el 112 y en simultáneo policía y médico se personaron para que el último solamente pudiera certificar la muerte violenta de la autora.
La investigación, durante meses, no arrojó ninguna luz: el piso estaba cerrado; Olga la única persona, además de Andrea, que poseía un juego de llaves de la casa, no había tenido posibilidad material de cometer el crimen; no se descubrieron huellas de nadie ni señales de haber sido borradas;  la estilográfica sólo tenía  huellas de su propietaria y Jaume estaba en Alcorcón, en fiestas, vendiendo buñuelos como un bendito.

Sobre la mesa de trabajo se encontró un manuscrito en que los personajes estaban creados, pero la policía nunca podría saber quienes eran A, B o C.

lunes, 18 de febrero de 2013

UN ATAJO A LA VIDA Relatos 30

                                        
-         Bueno, ya estás donde querías, ¿no, gilipollas? Te lo has ido buscando poco a poco, con aplicación, como un atajo a la vida.
Quien se expresa así no lo está verbalizando, es un diálogo sin palabras a una figura que sobre un mármol y bajo una sábana permanece en el depósito de cadáveres a la que ha tenido que identificar previamente.
-         Cuando a padre lo mandaron a casa, con los pulmones reventados de polvo de amianto, tú todavía podías haber llegado a algo.
El hombre, pues de un hombre se trata, tiene un aspecto cansado, calvicie prematura y hombros caídos que no muestran ni hacen suponer que la treintena cumplida queda demasiado próxima; las huellas del trabajo duro han castigado sus manos y su aire es bronco y a la vez desdichado.
-         Pero el niño no quería estudiar, el Instituto “no le iba” y sus amigos: “el Choto”, “el Pistolas”, “el Corto” y “el Pelao” le ofrecían mejor porvenir en la calle, ¡en la puta calle todo el día!, ¿ verdad ? Mientras, tu hermana ya trabajaba en una zapatería de mierda, aguantando a un jefe sobón, para traer ayuda a casa y que tú pudieses merendar pan y choped con colacao, cuando se te ocurría venir.
-         Yo, ya lo sabes, salía los lunes a trabajar con la bolsa de la ropa y volvía los viernes cuando podía; a veces pasaban hasta tres semanas sin asomar y la dieta ayudaba a salir adelante, más mal que bien.
-         Te veía “torcerte”, los viejos no podían contigo y el día que descubrí, la vieja lo largó, que les robabas dinero “pa tus vicios”… no me pude contener y te largué un guantazo; un disgusto del carajo  “tú eras el chico y yo nadie para censurar”.
-          El trabajo te producía urticaria, pero el dinero te hacía falta ¿verdad, gilipollas? Ya estabas “enganchado” y como necesitabas “pasta” hacíais “trabajillos”. Al “Pelao”, me enteré, lo pillaron asaltando un estanco, iba por libre ese día, y le cayeron siete años en Alcalá. Los tres restantes os convertisteis en “suministradores” de “el Turco”, al que llevabais el material de vuestros robos; ya la pasta lo era todo…sin “caballo” no podíais “galopar”.
-         Me ha llamado Riquelme, el que se salió del barrio y se hizo poli. No quería que Lola, tu hermana, que siempre te vio pequeño, ni los viejos, que están “más p´allá que p´acá” vinieran aquí; a la vez te identificaba y me informaban como familiar.
-         Tú y “el Corto”, con una “motillo”, habíais ido a atracar una farmacia en la calle Rambla, ¡por tercera vez en dos meses, menudos gilipollas!, además tú llevabas una “pipa”, ¿para qué cojones llevabas una pistola que no traen más que problemas y mala suerte?. Si la llevas es para usarla, ¿no, cabrón? Tuvisteis mala suerte, un poli de paisano estaba buscando medicinas y cuando salisteis con el dinero y las “anfetas” os dio el alto. Se te ocurrió disparar desde la “motillo” y ahí fue todo, tú aquí tieso y “el Corto” en el Macarena con dos balas en el cuerpo.
-         Y esta cabronada es lo que tengo que contarle a la Lola y a los viejos dentro de un rato.
-         Lo siento, Paco, Currillo, bien lo sabes, las cosas no salen siempre como uno quiere, ¿verdad?
Riquelme toca en el brazo al hombre y ambos salen del depósito.

jueves, 20 de diciembre de 2012

VIGILIAS EFÍMERAS Sergio Coello (Reseñas 39)

           

En portada, un inquietante iceberg de forma incierta y que podría pasar por un antropoide ciego en la observación interior de sus dos terceras partes sumergidas.
Así nos presenta Sergio Coello su “Vigilias Efímeras”, una colección de relatos que el autor dedica a Raymond Chandler y su simple arte de matar.

Conforme las diez historias son absorbidas- en esta ocasión de absorto- el lector empieza a preguntarse qué une a: un “hombre de negocios” autista que deviene en locuaz a la vista de las rompientes de Gijón; un viudo inconsolable ¿o no?; un funcionario municipal que conduce un camión de recogida de residuos; una ama de casa ganadora de un certamen literario; un resentido social que no asesina en serie, sino aleatoriamente; un paranoico que recibe anónimos amenazantes; un detective que busca testigos viajando en el tiempo; un francotirado de apellido aromático y larga experiencia en Sarajevo; un aparejador que presenta todos los indicios de haberse suicidado ante las puertas de un convento palentino y un periodista archivero de una cadena de televisión local enviado a hacer una incursión para “dar a conocer la provincia”. El interrogante solo admite una respuesta, los personajes están unidos por aquello que desde que el mundo es mundo nos une a todos, la muerte violenta.
Se podrá argüir que hay distintas muertes, no conozco ningún caso en que la futura víctima no luche, con todos sus recursos y hasta el último segundo, por no serlo.

Cada una de las historias que Sergio Coello nos cuenta en veinte páginas serían cuerpo y alma de cualquier novela “actual” de, al menos, cuatrocientas.
La profundidad que los personajes adquieren en ese breve espacio da mayor valor a un contenido, como mínimo cautivador, que obliga a leer despacio y sin perder palabra lo que el autor tiene que contarnos.
Con unos monólogos cargados de metáforas, en homenaje a los personajes chandlerianos, Coello nos permite entender su dedicatoria; su profundo conocimiento y admiración por el autor norteamericano, para muchos considerado autor canónico de la novela negra.
Las historias de “Vigilias Efímeras” impactan porque les pasan a gente como nosotros; con quienes compartimos café y “croissants” en la barra del bar, espacio en el autobús, cola en la administración de loterías o turno en la peluquería.
Los relatos son como cargas de profundidad lanzadas en el mar de la vida y que no tardan en devolvernos a la superficie aquello que creíamos navegaba suficientemente protegido en el submarino alcanzado.
Pero, como en la portada, lo que nos muestra “Vigilias Efímeras” es solo una tercera parte de la realidad.

sábado, 22 de septiembre de 2012

RAOUL WALSH Coord. José María Latorre (Reseñas 38 )



Asistía al cine con mis padres, eran aquellos pases que autorizaban “menores acompañados” cuando los abuelos no se podían o querían quedar a cargo de los nietos. Un cine de verano, el Trianón , la película policíaca en blanco y negro y la imagen en la retina para siempre: el criminal volaba, materialmente en pedazos, entre la explosión de un depósito en la cúspide de una refinería, mientras decía algo así como “en la cima del mundo”. Eran tiempos en que en España los colores no eran sólo una longitud de onda de luz y el título parecía tener hasta sentido político “Al rojo vivo”.
Mas tarde: “Murieron con las botas puestas”, “Objetivo Birmania”, “El hidalgo de los        mares”, “Helena de Troya”, “ Una trompeta lejana”…películas vistas espaciada y aleatoriamente en  los tiempos en que eran de: Errol Flynn, Gregory Peck…”de guerra, de piratas, de romanos, de indios”; pero formaban un poso de imágenes
No lo sabía, entonces, pero todas habían sido firmadas  por Raoul Walsh, un director con un parche en su ojo derecho fruto de un accidente en pleno rodaje, que parecía extraído de alguna de sus películas de aventuras, y que andando el tiempo me haría apreciar la ejecución de un cine con personajes dando sentido a sus movimientos. Uno de los pioneros del cine, ayudante de D.W.Griffith, actor en “El nacimiento de una nación”, con ciento treinta y seis películas dirigidas en su “currículum” y aun tuvo tiempo para escibir, a sus ochenta y cuatro años y cuando las productoras le "habían jubilado", una novela-western “La ira de los justos”; un hombre nacido en el siglo XIX (1887) y muerto en las proximidades del XXI (1980).
Coordinado por José María Latorre y editado por Nosferatu, a lo largo de más de trescientas páginas y con un equipo de colaboradores de prestigio: Hilario J. Rodríguez, Carlos Losilla, Quim Casas, Ricardo Aldarrondo, Jesús Angulo, Tomás Fernández Valentí, Roberto Cueto, Antonio José Navarro, Jordi Bernal, José Enrique Monterde,  Tino Pertierra  y el mismo Latorre elaboran un pormenorizado estudio sobre la obra singular de Walsh.
Un estudio en que son examinados, con detalle, los distintos géneros que dirigió y que disecciona quince títulos que forman un “cuadro de honor”, elaborado por el equipo autor del libro, en el que no faltan “El último refugio”, “Los violentos años 20”, “Gentleman Jim” o “El ladrón de Bagdad”..
Una rehabilitación de un Walsh, al que gran parte de la crítica ha despachado de un plumazo con la denominación “artesano” y que, quizá no lo dijo nunca pero seguro que lo pensó, sólo sabía hacer CINE.
Un libro recomendable que una vez leído crea la necesidad de “saber más” y ver esas películas de Walsh, que el lector ignoraba fuesen suyas, y revisar las conocidas y   firmadas por dicho director.
Creo que no me equivoco al decir que a diario en España en algún canal de televisión, a cualquier hora del día o de la noche se está reponiendo alguna película de Raoul.Walsh.

domingo, 19 de agosto de 2012

FIESTA (Relatos 29)

La Maestranza luce bonita en una tarde de toros. El gentío a su alrededor, los puestos de bebidas, chucherías, sombreros y tabaco forman un contorno vocinglero y cacofónico que ensordece a aquel que viene a contemplar el espectáculo.
Hace muchos años que no vengo a los toros, quizá ya he olvidado parte de las decepciones sufridas en mis anteriores asistencias – espectáculos bochornosos de toros que se caen, toreros que no hacen honor al nombre y tomaduras de pelo, amén de que si alguna vez tuvieron un cierto sabor romántico ya no se lo encuentro- y la oportunidad de poder ver de nuevo una fiesta, a la que me aficioné de muy niño, me empuja a buscar de nuevo un algo indefinible.
Una vez pasado el control de entrada, recojo una almohadilla y me dirijo a mi asiento en el tendido de sombra.
El paso a las localidades, desde los pasillos, a través de los vomitorios supone un golpe de luz, color y un sonido distinto mezcla de conversaciones, trasiego de gente y gritos, más contenidos, de los vendedores. El ambiente festivo se cuela en todos los rincones.
Vamos ocupando nuestros asientos, quedo empotrado, por los lados, entre una señora “enjaezada a la andaluza” y un orondo fumador de puro, vitola incluida; mis rodillas quedan apoyadas en la espalda de un trajeado aficionado y siento en mis espaldas la presión de las rodillas de otra dama. Las conversaciones versan sobre: la corrida del día anterior “la faena tan buena,que “Fulano” le hizo al cuarto toro” y las preguntas sobre la salud de comunes conocidos, abonados también, como los que me rodean.
A nuestra derecha el palco de la presidencia, los toriles y la plataforma para la banda de música, a nuestra izquierda y casi enfrente la puerta de cuadrillas.
Poco a poco me voy acomodando, como un pollo en un nido, culeando a uno y otro lado, apoyando la espalda, de manera razonable, en las piernas de quien me sucede y soportando, con estoicismo, las espaldas del delantero. Una vez arrellanado, que empiece el espectáculo.
La plaza se ha ido llenando y se convierte en una serie de círculos multicolores que rodean callejón, burladeros y ese disco de albero, cual sol al que el sacrificio llamado “arte” le ofrece sus víctimas.
Son las seis y media de la tarde, noventa minutos después de esa hora que Lorca inmortalizó, las voces se van amortiguando en murmullos y las puertas de cuadrillas se abren para dar paso a los alguacilillos que vienen a recoger unas imaginarias llaves a la presidencia y la licencia para iniciar el festejo.
De tres en fondo avanzan los diestros con sus respectivas cuadrillas, dos de ellos vienen cubiertos, no es la primera vez que aparecen ante este público, el tercero, como nuevo en la plaza, trae la montera en la mano; los colores de sus trajes de luces - verde, rojo y azul cielo- ,combinados con el oro,contrastan con aquellos más apagados que se alternan con el plata de los subalternos. Tras los toreros a pie se aproximan sobre sus cabalgaduras, revestidas y protegidas, los picadores y cerrando filas, con el cascabeleo característico de los arneses y los chasquidos de los látigos, los mulilleros.
Para mí, ha terminado la parte festiva, inocente y brillante, en la que la “majeza” brilla y aún no se adivina el drama.
Tras saludar a quienes presidirán el festejo, la cabalgata se disuelve; mulillas y picadores vuelven a su punto de salida, las puertas por las que salieron son cerradas y las cuadrillas se distribuyen tras los burladeros.
Suena el clarín y miro hacia la puerta de toriles, que se abre para dar paso a un animal fuerte, musculado, de cabeza arrogante, “astifino” y negro calzado. La luz lo deslumbra y corre con ímpetu en busca de una salida pero el círculo es cerrado para él, se inicia el juego.
Aparecen dos peones que con los capotes de brega intentan distraerlo y ver sus derrotes pero el animal, en su efímera libertad, ignora todo lo que pueda interponerse en su búsqueda de una salida. Suelto está y hay que pararlo. El espada recoge su capote para lucirse y el clarín avisa para dar paso a los picadores; mientras el matador, que es el de más experiencia de los tres, intenta hacer alguna faena, pero ni el toro se deja, ni sabe contenerlo y sus intentos de darle alguna verónica- completa o media- se convierten en varios trapazos sin ton ni son; “el respetable” aplaude y jalea con varios “olés” la pantomima que presencio.
Entre varios peones, con mucho esfuerzo y poco oficio, conducen al toro hacia el caballo de tal modo que la única salida que tiene la res es la de embestirlo.
Es el momento en que la función se rompe, el varilarguero se lanza sobre el lomo del animal, que no sobre el morrillo, y rompe, rasga, presiona y acosa al toro de tal modo que cerrándole la salida y saliendo de su “segmento circular”, se ensaña con él y hunde una y otra vez la puya sobre el animal herido; la gente silba ante la crueldad del castigo y yo ignoro por qué el Reglamento no se hace cumplir por el presidente. El toro se hinca de manos ante el castigo y la sangre fluye a borbotones del lomo de “la fiera”. Es tal la dureza aplicada que el diestro pide el cambio de tercio y el representante gubernativo lo autoriza. Con la retirada del piquero y la inestimable ayuda de los peones a poner al toro en pie continúa el festejo.
Ha sonado el clarín de nuevo y los subalternos se ocupan , más mal que bien, de colocar unos rehiletes que dejan una exigua muestra sobre un lomo de toro sangrante, el resto de banderillas reposa en el suelo.
De inmediato el clarín nos indica que el tercio de “la verdad” ha llegado, y el espada brinda la muerte del toro a una dama parapetada tras un mantón de manila, que contempla la faena desde barrera.
De verde y oro el diestro, uno de los punteros en el escalafón, se dirige con pasos mesurados hacia su enemigo que está inmóvil. El “maestro” lo cita, se aproxima a la “fiera” con la muleta en ristre, se para, se aproxima más aún y deja pasar al toro bajo la muleta, no sin rozarse a la vez con la tripa del animal. El gentío rompe en exclamaciones, vuelve a acercarse al toro, y este huye sin contemplaciones; una muestra, actual, del “parar, templar y mandar clásicos”. Tras una serie de persecuciones, con ayuda de los peones para limitar el espacio el toro, que  busca su querencia en las tablas sintiéndose acorralado y herido, el diestro consigue pasarle, con la mano derecha, tres veces la muleta sobre el lomo e intenta un amago de pase de pecho. El público ruge y los gritos de “torero, torero” ensordecen la plaza; sólo algunos “despistados” del tendido 7 silban o mantienen un silencio elocuente. La banda de música se lanza de una modo incontenible sobre un pasodoble que amenice la faena del “triunfador” y acalle los silbidos.
Son tres mantazos más los que, tras el torero mover levemente la cabeza de izquierda a derecha, inician una sucesión de intentos de acabar con el toro que se saldan con dos pinchazos y una “media pescuezera” que acaban con los sufrimientos del “bicho”; aunque algunos agitan los pañuelos el presidente opta por no conceder trofeo alguno.
Aprovecho la entrada de las mulillas para abandonar mi lugar,no sin trabajo y varias peticiones de permiso, bajo las escaleras, salgo al vomitorio y a través de los pasillos dejo atrás puerta y plaza.
Por el Paseo de Colón me prometo, de nuevo, no volver a asistir jamás a una corrida de toros.














miércoles, 25 de julio de 2012

SERVICIO COMPLETO (Relatos 28)


Sencillamente no te lo crees, y parpadeas y te miras esa camisa blanca, impoluta hace un suspiro y el manantial de tu sangre borboteante que la tiñe ahora.
Habías oído hablar de: Torrio, Capone, Luciano, Nitti, Costello, del 14 de febrero, y de tantas y tantas historias que te sonaban a cuentos de vieja.
Entonces tú no habías nacido y los tiempos del Boston de finales de los sesenta quedaban demasiado lejos; para ti eran los tiempos de Kruschev, y los que siguieron hasta que el “otro tigre de papel”, con Gorbachov y Yeltsin, se derrumbó y había que ponerse, junto con la pasta, a buen recaudo y manejar los negocios desde un lugar tranquilo, Marbella.
Pero Marbella se puso muy frecuentada y empezaron a aparecer conocidos a los que había que evitar, por las buenas o por las malas, y buscaste un lugar en que la preocupación de los demás por tus intereses no fuese tan importante, Bilbao.
Han sido diez años de tranquilidad, fecundos en negocios y amistades y relajados en el diario, te permitiste, incluso, prescindir del guardaespaldas.
Por eso la llegada de dos policías locales, a la peluquería en que estás ni te ha inmutado, uno se ha quedado junto a la puerta y el otro tranquilamente te ha descerrajado tres tiros tras recomendar al peluquero que se alejase un poco, para no salpicar.
Ya no te importa si se encaminan a un coche patrulla- robado como los uniformes- y después de arrancar haciendo sonar la sirena desaparecen a la vez que su ulular.
Sólo aciertas a ver, difusamente, que los surtidores van apagando sus impulsos y un color cerúleo se extiende sobre tu cara mientras sientes que... ¡ te han matado!.