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miércoles, 17 de agosto de 2011

LA SOCIALIZACIÓN DE PEPE (Relatos 22)

Pepe ya “tenía uso de razón” y se sentía mayor, de modo que oyendo a unos y otros sobre las “ventajas de socializarse” - entonces no se decía así- decidió probar su facilidad de inserción en grupos.
De modo que se dirigió a la casona de la calle del Obispo en dónde, cuando pasaba con su madre, se oían tantos gritos y ruidos. Era un edificio de piedra con un patio porticado en medio del cual se encontraban dos mesas de pimpón en las que cuatro chicos competían; a su alrededor , en varios bancos había una mescolanza de chicos, de entre ocho a catorce años, esperando turno para jugar en medio del griterío.
Pepe se sentó, después de ver que no conocía a nadie y se puso a esperar su turno; él no había jugado nunca al pimpón, pero pensaba era fácil de aprender.
No habían transcurrido diez minutos...unas voces diciendo: “A reunión...a reunión” atronaron el patio, lo que produjo una desbandada hacia el piso superior de jugadores y de quienes aguardaban, entre ellos Pepe quien absorbido por la avalancha se encontró en la reunión..
Allí, en una sala y sobre un estrado, un muchacho de unos dieciséis años, con pantalón gris oscuro, camisa azul mahón, correaje ostentoso y boina roja sobre la hombrera se definió como jefe de centuria y comenzó a hablar un galimatías en dónde las palabras: patria, consigna, deber se oían entremezcladas con sinsentidos o cuestiones que Pepe no sabía discernir.
Eso sí, a Pepe le quedó muy claro que para entrar a un despacho había que entreabrir la puerta y con voz alta, firme y clara había que decir:
  • ¿ Me das tu permiso , camarada?
y ante la supuesta autorización había que abrir totalmente la puerta y con el brazo derecho alzado y extendido con la palma hacía abajo decir.
  • ¡Arriba España!

A Pepe aquel lenguaje bronco, chulesco, cargado de testosterona barata y con mucha jerigonza: taconazos, giros, golpes de asiento al levantarse y sentarse, muchos “sí, camarada”, “no, camarada”...etc no le convencía demasiado y ese mismo día decidió no volver porque “eso no era lo suyo”.

Más adelante, un amigo le habló de que “también se podía jugar al pimpón, al ajedrez y a las damas en un edificio junto al Arco de San Lorenzo” y allí dirigió sus pasos en busca de “socialización”.

Si bien este edificio era también de piedra sus dependencias eran como más informales, no había salas con filas de asientos de madera abatibles y se percibía poco adoctrinamiento, se veía poca gente y resultaba más fácil llegar al turno de jugar al pimpón; consecuencia de ello fue que Pepe descubrió su desconocimiento y dificultades para jugarlo lo que le hizo eliminar dicha actividad como útil para su “socialización” ya que no sabía ni coger la paleta.
A aquel sitio Pepe fue varias veces, aprendió a jugar, con cierta habilidad a las damas, hizo algunos conocidos-amigos y permaneció un cierto tiempo.
El detonante de la huida de Pepe lo produjeron las fichas: Consistían en unas hojas de pequeño formato en que aparecían, perfectamente detalladas, todas las actividades que un católico de pro podía realizar; estando cada una de ellas acompañada por una casilla a su derecha para completar con un número o una aspa.
Así desde: confesiones, comuniones, primeros viernes de mes, rosarios, visitas al santísimo, sabatinas, vía-crucis, adoraciones nocturnas, ayunos, abstinencias...no había actividad relacionada con la piedad, el decoro, el apostolado o la religiosidad que en el dichoso papelito no apareciese con su casilla correspondiente.
La ficha requería ser rellenada con las acciones realizadas por el interesado, identificado como autor, y entregada periódicamente al tutor del grupo uno de los amables jóvenes que compartían con ellos juegos y actividadesy sobresalía como líder; cierto es que el control de la entrega periódica de la ficha se realizaba de una manera laxa pero de vez en cuando se recordaba.
A Pepe eso le empezó a traer problemas de organización, identificación e intimidad; él era un chico que asistía a un colegio nacional y sus actividades religiosas se limitaban a la asistencia a la misa dominical y nada más. Pepe empezó a entrar en conflicto con la hoja, las actividades a realizar según la misma arrojaban un saldo paupérrimo, y le parecía que no cumplía el standard de los chicos que compartían con él actividades entre las que se contó una divertida excursión al campo; de manera que un día dejó de asomar por el caserón y cerró ese capítulo de su historia.
Quedóle, a Pepe, un buen recuerdo de la gente de allí, los tutores eran amables, utilizaban un lenguaje educado y sereno y Pepe dejó aquello con una sensación de “haberle fallado a alguien”.

Pero no hay remordimiento que dure demasiado en un muchacho de nueve años y Pepe inició lo que sería el tercer intento de “socialización”, en este caso no programado

Por las tardes, a partir de las seis,se reunían en la sacristía de su parroquia algunos chicos, vecinos mas o menos próximos o conocidos y enterado de ello Pepe se presentó allí, eso se llamaba ir a la catequesis...pero aquello tenía aspecto de tertulia de chavales.
Los que llevaban más tiempo andaban atentos a la hora, que marcaba un gran reloj de pie que había a la izquierda de la cómoda,y se embutían en unas sotanas de monaguillos y de esa guisa ayudaban al cura a decir la misa acostumbrada. Otros estaban preparados para subir al campanario y llamar, a golpe de campana para la realización de cualquier acto litúrgico; a estos últimos Pepe y su amigo Eufrasio los miraban con embeleso al verlos subir y luego oír los distintos “toques” que marcaban el ritual que en la iglesia se iba a desarrollar en un período de tiempo próximo.
Cuando no había misa, campanas, entierro o parecido el cura más joven se sentaba con todos y les explicaba alguno de los arcanos del oficio sin beneficio, de monaguillo. También surgían algunas preguntas sobre los sacros misterios cuya respuesta era archivada en la memoria de Pepe.
Una tarde, en que la sacristía era un nido de frescura, y estaban pocos llegó D. Francisco, el coadjutor, y dijo que había que tocar a misa de siete. Eufrasio y Pepe vieron que era la ocasión que tanto habían esperado y corriendo se dirigieron, auto investidos de campaneros, escaleras arriba por la torre hacia lo alto del campanario.
Y allí estaban: dos hermosas campanas de bronce, con unos badajos descomunales y unas enormes sogas para hacerlos sonar y a esta labor se pusieron Pepe y Eufrasio con energía.
Resulta que ninguno de los dos tenía demasiada idea del manejo de ese determinado instrumento de cuerda y que el “arcano campanil” no había sido explicado en su presencia, por lo que llevarían diez toques o así cuando fueron llamados por el hueco de la escalera para que dejasen su labor y cuando bajaban fueron “obsequiados con sendos coscorrones” por los campaneros oficiales que iban en sentido inverso.
La razón: como profanos en la mística, el arte y la métrica del campaneo, en lugar de llamar a los feligreses a misa estaban “doblando a muerto”.

Días después, en casa, Pepe hizo un inventario de sus magras posesiones, se aseguró una fuente de lecturas varias, tomó sus bolsitas de chapas y canicas puso bajo su brazo unos tebeos para cambiar en el “puesto” y tomando escaleras abajo se dirigió a “socializarse” por su cuenta.

sábado, 13 de agosto de 2011

PATRULLA DE RESCATE - Pedro Avilés (Relatos 21)



Eva consiguió  pulsar el botón de alarma del móvil a duras penas.
— Mírame —dijo él.
Silencio.
— Que me mires, joder.
Silencio.
— ¡Mírame, coño!
Silencio.
El camión de la basura, a las dos, puntual, carraspeó cansino en la madrugada triste del barrio popular. La luz de la farola de enfrente,  intermitente, titilante, aliada del frio, penetrando los vidrios rotos de la ventana de la cocina, iluminaba el sombrío rostro del hombre.
Estarían al llegar.
 — No me hagas esto.
Silencio.
— ¡¡Que me mires, hostia!!
Qué miedo.
Eva obedeció. Levantó la mirada desde el suelo hasta la cara congestionada de él.
El cuchillo en la encimera.
Llegarían a tiempo.
— No me hagas caso, mi amor —cambió él de registro, una mano levantada hacia el rostro de ella en ademán de caricia inconclusa—. Voy a cambiar.  Te lo juro.
Silencio.
— ¡Mírame a la cara!
Ya vendrían de camino, raudos a salvarla.
— ¿Qué tienes escondido en la mano,  so puta?
Eva escondió el móvil.
Tenían que estar en el portal; ya subían, seguro.
— ¡¡Les has llamado, cagondiós!! —repitió él, cuchillo en mano.
Llegaron a las siete. La sangre coagulada de Eva irisaba el linóleo del piso de la cocina cuando entraron.


domingo, 7 de agosto de 2011

KEHINA - Pedro Avilés (Relatos 20)

Me dije: no podría soportar que esto no hubiese sucedido. Y me dije: pero podría igualmente no haber sucedido y ahora sería el mismo estúpido feliz que era antes de sentirme tan pleno, tan al borde del precipicio de la aventura. La aventura. Tenía treinta y tres años menos que yo, pero eso a ella no pareció importarle.
Por delante, una semana. Poco tiempo. Nada más que lo que dura el resplandor de un rayo en la noche comparado con su belleza, que era inmensa. Las cosas importantes en la vida te golpean así, sin que te las esperes. Se vienen a fundir arcanos espacio-temporales, siempre casuales, ininteligibles, que el destino, si es que existe, se empeña en presentar en un instante que es, pero que podría no haber sido por cuestión de segundos. La consciencia de ello pone los pelos de punta. Las cuerdas del tiempo se empecinan en concatenarse para fundir los instantes en uno solo, propio, fugaz, en el que cabe una sonrisa y una mirada distinta que uno también ha experimentado en connivencia con el otro.
El apartamento que alquilé no tenía lavadora, pero el arrendador, un griego más interesado por los 300 euros que le pagaba al mes, que por mis problemas económicos, me aseguró que podría usar la del piso de arriba, de dos habitaciones, que alquilaba individualmente y que aún no tenia inquilinos en aquél momento.
—Si alquilo el piso yo avisaré de que usted tiene derecho a la lavadora —dijo adelantándose a la pregunta que le iba a hacer y ofreciéndome una copia de la llave del estudio y otra del piso de arriba. Pero no cumplió su palabra, como está estipulado que los caseros no cumplan su palabra.
Como sabía eso, cogí la costumbre de llamar a la puerta antes de meter la llave en el piso de arriba. Lo hacía cada viernes, el día de mi colada, para evitar sorpresas. Un día descubrí que estaba ocupado por una jovencita, porque sobre la lavadora reposaban unas bragas usadas de niña joven. No había nadie en la casa. Confieso que al principio no les hice mucho caso y las aparté con cierto asco. Pero me las quedé mirando con perversa curiosidad. El bajo vientre me dio un vuelco y no tuve dudas. Olisqueé con vehemencia su aroma por sentir alguna compatibilidad. Terminé masturbándome sentado en el borde de la bañera con aquellas bragas pegadas a la nariz. Me juré que repetiría cada día de colada.
El viernes de la semana siguiente ella estaba en el piso cuando llamé. ¿Quién es usted?, preguntó viéndome con el barreño de plástico a la puerta. Yo no debía ofrecer el mejor aspecto posible, pero estaba dispuesto a hacer valer mis derechos.
—Esto, eh, ummm, ah, hola, soy su vecino de abajo. Tengo que recoger la ropa que he puesto a lavar en su lavadora hace una hora y media. ¿No le ha dicho nada el propietario?
—No.
—Verá —esbocé una absurda explicación sin mucha gana—…, alquilé el apartamento de abajo con la condición de poder usar…
—Vale, vale, pase —dijo sin más, allanándome el esfuerzo y ahorrándose el tener que soportar mis torpes explicaciones.
Al salir de su cuarto de baño con el barreño con la ropa recién lavada, le di las gracias y le tendí la mano. Ella balbució su nombre, pero lo olvidé al instante. Fue entonces cuando tuve consciencia de que aquél momento era único.
—¿Desde cuándo vive usted en Atenas? Yo sólo llevo una semana en la ciudad. ¿Qué tal es? ¿Podría darme algún consejo?
—Tres meses. Pero me voy dentro de una semana —dije apretando el barreño con la ropa recién lavada aún húmeda contra mi pecho, a modo de defensa—. Tener cuidado, especialmente en el Metro. Hay muchos robos cuando los descuideros perciben a un extranjero.
—Vaya, qué pena. Me encantaría que usted me enseñase algo de la ciudad. No conozco a nadie. ¿Quién mejor que usted, que lleva ya tres meses aquí y es mi vecino con derecho a lavadora?
—Eh, Ummm…, —volví a balbucir, porque su voz era tan joven como ella, de terciopelo aniñado con acento francés del inglés, si es que existe ese terciopelo, y eso hace temblar las piernas a un tipo como yo.
—¿Eso es que sí?
—Claro.
—¿Quiere tomar un café?
—Antes tengo que… —indiqué con la vista el barreño con mi ropa recién lavada.
—No se preocupe —contestó quitándomelo de las manos y colocándolo en el suelo de la cocina— Ahora mismo preparo el café— añadió dándose la vuelta. Pero no la dejé. La tomé por los hombros, la giré con suavidad y la besé sin más preámbulos. Lo hice por inercia. Esperé el bofetón de justicia. Pero acabamos con los últimos espasmos en el suelo de la cocina, junto al barreño de la ropa, después de que me hubiese ceñido con fuerza de atleta la cintura con sus muslos, aupada sobre la encimera donde la penetré con una pasión que hacía años creía perdida. Tanta, que sentí miedo.
El devenir de los acontecimientos es caprichoso, pensé mientras me subía los pantalones. Confieso que lo que me movió a ese estúpido pensamiento fue el hecho de que aquella mujer era casi una niña aún. No era sino un modo de defenderme de aquél último cartucho que me ofrecía la puta vida.
—¿Cómo se llama?
—Adiós— contesté. Me subí la cremallera del pantalón, recogí el barreño con la ropa y bajé a tenderla a mi pequeño apartamento.
Aquella noche en el hotel donde trabajaba discutí con un cliente que llegó borracho a las cinco de la madrugada. Si el tipo hubiese sido un poco discreto no le habría obligado a que la puta que lo llevó, la “Zri Finge”, pagase el peaje de la habitación, pero el mamón en concreto era un borracho chulo. Me dejó tumbado tras el mostrador de formica de la recepción con sabor a sangre en la boca. El tema se solucionó con la Policía ateniense tocando los cojones a todo el mundo con sus preguntas comprometidas, cosa que no me gustó nada porque sabía que los chulos de la zona me la iban a hacer pagar tarde o temprano.
Al día siguiente confieso que me sorprendió verla ahí plantada en la puerta de mi estudio. Me había hecho a la idea de que no nos volveríamos a ver.
—Quiero que me lleve a lugares secretos.
La dulzura de su expresión y su voz infantil me anestesiaron durante unos segundos.
—Pasa — reaccioné justo a tiempo de que no se diese cuenta.
—Su estudio me gusta más que mi piso.
—Pero el tuyo tiene lavadora.
Se rió. De un modo limpio que no encajaba con mi estado mental cínico. Pasé al interior y me acurruqué sobre la cama como un feto a punto de nacer. Encendí un cigarrillo y me la quedé mirando con detenimiento a través de las volutas de humo azul. Era muy bonita. Ummm. Con esa falda más, si cabe.
—Sitios secretos de Atenas. Lugares a donde no vayan los turistas. He visto que hay muchos turistas a todas horas en todas partes.
—Yo te puedo enseñar sitios en donde no.
—Oui, si vous plait! —mostró una auténtica alegría adolescente.
—Acércate.
Se sentó a mi lado en la cama. Me miró con intensidad. Alcé la mano y le acaricié el cuello. Gimió, pero no bajó la mirada, la mantuvo firme, serena, escrutando qué había detrás de la mía. Bajé la mano hacia su camisa y la fui desabrochando poco a poco. No había nada que decir. Acaricié sus pechos. Eran como gorriones tímidos calentitos. Después la besé y metí la otra mano debajo de su falda. Tenía las bragas mojadas. Follamos como salvajes.
—Creo que usted esconde un gran dolor —dijo cuando acabamos.
Los días de aquella semana se fueron consumiendo uno tras otro como un ciquitraque. Y con ella nuestros encuentros diarios. El último día confesó que me amaba. Le contesté que no había lugar para nuestro amor. ¡Dígame su nombre, dígame a qué se dedica! suplicó con vehemencia.
—El amor es algo que dura hasta que el otro te dice que sí.
Cuando sacó la pistola no me impresionó demasiado. Hasta con los papeles perdidos estaba bonita. Oí el disparo.
El País/Agencias/6/2011
Muerte de novela negra en Atenas
El conocido escritor de novela negra Alberto Moravista, fue encontrado muerto ayer en un apartamento de Atenas con un disparo en la frente. Moravista se había trasladado a la capital helena hace tres meses para documentarse en la que hubiese sido su décima novela. Para ello aceptó un trabajo en la recepción de un hotel de mala nota en la zona de Larissa, un barrio obrero y de inmigración hindú. Como consecuencia de estos hechos ha sido detenida una joven estudiante francesa de procedencia argelina de 22 años cuya identidad no ha sido facilitada. La joven cursaba una beca Erasmus de Historia del Arte en la capital griega desde hacía tan solo una semana. Alberto Moravista tenía 55 años cuando se produjo su muerte. La Policía encontró en sus bolsillos el billete de regreso a España para esa misma mañana y unas notas garabateadas con el arranque de su próxima novela.

jueves, 16 de junio de 2011

CÁPSULAS (Relatos 19)

Esta noche he vuelto a tener el mismo sueño. Es un sueño recurrente, en el cual me encuentro apoyado en el pretil de un edificio de elevada altura y desde el cual atisbo a toda la gente que pasa por la calle. Hasta ahí no deja de ser un sueño vulgar e incluso de “voyeur”; observar a los demás se ha convertido en un deporte nacional, con o sin la anuencia de los observados.
Pero la particularidad de mi sueño es que sostengo un rifle con mira telescópica con el que espaciada y arbitrariamente abato a algún transeunte suave y dulcemente; para el disparo aprovecho el sonido del escape libre de alguna moto de alta cilindrada o alguna de las continuas cacofonías que forman los cláxones automovilísticos.
Para evitar ser localizado, me desplazo a lo largo y ancho de la azotea y dejo transcurrir tiempo entre un disparo y otro.
El máximo objetivo de mi sueño sería el pasar ocupar las primeras páginas de la prensa por haber “liquidado” a alguien importante.
Cuando se lo cuento a mi psiquiatra, me dice con aire de suficiencia: “Tiene afán de notoriedad y una mente imaginativa; debe acostarse relajado y para descansar bien se tomará, cada noche, una cápsula de estas que le prescribo. Pídale cita a la enfermera para el mes que viene”.
Mi psiquiatra sabe, se lo he dicho yo, que trabajo en una compañía de seguros; pero lo que no le he contado, ni falta que hace, es que soy vigilante jurado, autorizado a portar armas, en dicha compañía.
Como soy muy metódico todos los días traigo al trabajo mi portafolios, en él viene mi bocadillo, mi uniforme, mis lecturas, mi arma reglamentaria, y chucherías varias; y lógicamente no pasan el escaner.
De modo que aquí estoy en la terraza de Torre Europa, frente al Palacio de Congresos. He bloqueado los accesos y me acompaña mi soñado rifle de mira telescópica.
Hoy se celebra ahí una Reunión Especial de Banqueros y Grandes Empresarios y creo que voy a empezar a ser conocido.

martes, 14 de junio de 2011

EL ALMA MALDITA DEL ARTISTA - Sergio Coello (Relatos 18)

Charly se crió en Snakeville, Australia, junto a la desembocadura del río Murray. El Murray baja desde la nieve hasta el maíz y se vuelve navegable en su tramo final, que ha pasado de mecer viejos barcos de vapor a ser pasto de especies invasoras y sobreexplotación agrícola. De niño, Charly estuvo allí formando parte de un ecosistema perfecto. Apenas recién nacido, unos aborígenes le amarraron con una cría de serpiente viva a un árbol recién plantado y los tres recibieron cuantos cuidados fueron necesarios para que crecieran sanos y fuertes.
Después un pacto secreto con el Señor de las Tinieblas hizo de él un triunfador; un actor de prestigio que suda y llora sobre el escenario hasta que las gotas mezcladas salpican a un público entregado y loco por descifrar los porcentajes de esfuerzo y amargura que contiene esa humedad sobrevenida. Charly se pregunta, a veces, si la admiración que le profesa el público no será fruto de la incapacidad general para escribir un poema de amor sublime mojando la pluma en el líquido pegajoso que guarda el secreto de la vida. O, tal vez, de la escasa disposición de las masas para escribir la mejor novela del siglo mojando la pluma en la sangre emanada de sus heridas abiertas. El diablo, sin embargo, sabe perfectamente que ese público aplaude con entusiasmo porque sólo sabe pintar la aburrida historia de todos nosotros mojando la brocha en el sudor de su frente.”

sábado, 11 de junio de 2011

EL ENCUENTRO – María José (Relatos 17 )

Hace frío. Sé que hace frío. En los entierros siempre hace frío, aunque yo no lo sienta.
Dicen que cuando morimos volvemos a nacer.
Se ha marchado, sin despedirse, como siempre lo hacía, sin una caricia, ni un te quiero. No me da pena. No siento nada. Tan solo lamento que no se haya dado cuenta de que he sido, para ella, una buena hija. Siempre la he querido, o al menos eso creo.
Sigue lloviendo. Y yo sigo sin notar el frío. Será porque toda mi vida me ha acompañado. Manuela también es su hija, pero ella sí siente el frío, y el calor, no como yo.
Daría mis mejores años, total para qué los quiero, por sentir una caricia, una ternura, un aliento, una sonrisa… una sólo. Sería tan feliz.
Me siento observada. No le conozco, pero él me sonríe. Se acerca. Me está consolando, siento su cuerpo, su abrazo, susurra un “lo siento”. No quiero estar sola. Quiero que mi vida se llene de momentos como éste. Le quiero a él.
Se ha marchado. ¡No te vayas!, ¿quién eres? ¿Volveré a verte? Si, volveré a verte.
- Mamá, te encuentro muy sola y no te necesito. Manuela se irá contigo, esta misma noche, porque yo mañana, tengo una cita.

lunes, 6 de junio de 2011

AL OESTE DE TEXAS - Sergio Coello (Relatos 16)

Es una lástima que esta tarde tengas que ir a la ciudad a renovar tu licencia de Mejor Pistolero al Oeste de Texas. Me hubiera gustado enfrentarme a ti, con mi flamante revólver y mi torpeza; a esta hora del atardecer, cuando la polvorienta calle de este pueblucho parece de oro y sangre ─pre­sagio de los colores de mi derrota─ y bajo la ventana de esa habitación en la que duerme ─ajena, a ti, a mí, a todo─ la bailarina más hermosa del saloon.

lunes, 30 de mayo de 2011

EL OTRO “HIGH NOON” (Relatos 15)

Desde arriba el sol impedía a la sombra separarse de los tacones de las botas. Un ligero vientecillo arrastraba los cactus secos y los sagüaros mantenían su dignidad ante el terrible bochorno.
Había llegado la hora, la ciudad estaba silenciosa y ni un alma se atrevía a cruzar la calle. Tras los visillos se veían sombras que la curiosidad no les permitía disimular; sí había, sin embargo, quienes aquella no le permitía mantener la dignidad y abiertamente espiaban tras las cortinas.
El polvo, los lagartos, una serpiente que se arrastraba descaradamente y mi enemigo éramos los únicos que estábamos dispuestos a todo.
Había recorrido los lugares en que, habitualmente, era bien recibido y la especial concentración en lo que hacían les impedía mirarme a los ojos; en otro caso era un silencio culpable el que respondía a mis palabras; también se palpaba una lástima que no se traducía en apoyo; el miedo me recorría la columna vertebral como el compañero indeseable que no me abandonaría.
Avanzando lenta, pausadamente, como queriendo retrasar el momento sin retorno, mis botas sonaban en un crujido de requiem mientras me aproximaba a mi cita. Me enfrentaba a un enemigo certero, con demasiadas muescas y la mía pudiera no tardar en ser una más.
¡Ea, se acabó!
Un estallido luminoso...un silencio sobrecogedor.
Al despertar, unas palabras amigas.
-Todo ha ido muy bien, lo hemos limpiado todo...y ahora a esperar la recuperación.
- Gracias, doctor.



jueves, 26 de mayo de 2011

CANDELARIA (Relatos 14)

Cuando las estrellas estén alineadas, Cthulhu
que sueña eternamente en las vastas criptas
de R´lyeh, se levantará para hacerse con la
Tierra de nuevo.
El Necronomicón ( Abdul Al Hazred s.VIII)

El dos de febrero amaneció en Marbon (Condado de Maine) con una llovizna que a lo largo del día cobró intensidad y venció los infructuosos intentos del Sol de brillar.
La feria había teminado, las distintas atracciones ya habían abandonado el recinto, quedando como una lúgubre muestra, con sus perfiles oxidados y sus horribles pinturas en carne viva que despertaban el asco y el miedo a partes iguales, el Tren del Infierno.
Sus propietarios, Harold y Spencer aguardaban algo, una señal para levantar el campo.
Harold, gordo, malencarado y de andar anadeante se ocupaba de la taquilla y el control eléctrico del tren; Spencer, flaco, de rostro patibulario y considerable altura se embutía en su traje de diablo y con una escoba se escondía en el interior para asustar a los escasos viajeros que subían, en busca de emociones fuertes, al desvencijado y renqueante tren.
Las pocas luces que alumbraban el recinto ferial mostraban la imagen de un paisaje lunar, sólo roto por las miserables luces de colores que “adornaban “ la atracción.
De entre la penumbra una sombra se materializó.
>Hola, sois los dueños?
>Y...tú quien eres, respondió Spencer.
>Inspector Harrard, policía de búsqueda, dijo a la vez que mostraba su credencial. Se han denunciado dos desapariciones. Documentación.
El policía embutido en una gabardina y cubierto con un sombrero estudió los papeles y se los devolvió.
>Como decía, se han denunciado dos desapariciones de adolescentes y parece ser han sido vistos por estos alrededores.
>No hemos visto ni sabemos nada. Contestaron al unísono ambos socios.
>Bueno, me respondéis algunas preguntas y todos contentos.
Harold y Spencer se miraron entre sí con una mezcla de alarma y astucia.
Harrard sacó un bolígrafo y un cuaderno del bolsillo mientras se dejaba caer en uno de los asientos del tren, inmovilizado ante él permanecía a cubierto.
La noche avanzaba a la vez que la lluvia arreciaba.
Un relámpago brutal iluminó el recinto como si el dia se materializase de nuevo y las luces desaparecieron en la negrura a la vez que una vibración abisal arrojaba a la superficie un nuseabundo hedor a algas descompuestas y pescado podrido junto a un trueno ensordecedor.
Ninguno de los socios fue consciente de que el tren, con una velocidad endiablada y con el inspector a bordo se lanzaba por el interior del túnel.
La duración del estruendo no pudo amortiguar del todo un alarido inhumano.
La cabecera del tren aparecía ya, con un lento traqueteo, por el otro extremo y en uno de cuyos asientos aparecía, como regurgitada en un montón, la ropa del policía.
Era muy temprano cuando la atracción “El Tren del Infierno” abandonaba Marbon. En su lugar, aparte de las marcas que indicaban la situación de las vías y la estructura se veía un trozo de tela oscura, como el pico de una corbata, que parecía salir de la tierra.

Nota: Candelaria o festival de las luces - llamada así por su alineamiento estelar- marca el principio de la lactancia de las ovejas y simboliza también el inicio de un nuevo ciclo vital.

jueves, 19 de mayo de 2011

REALIDADES (Relatos 13 )

Se sentía bien, acababa de llegar de trabajar, salía a las seis de la tarde, y en su casa le aguardaban su mujer y su hijo de corta edad; fuera quedaban las dificultades propias de: clientes, impagos, desfase en suministros, reclamaciones y demás, ahora estaba en su realidad.
Su realidad estaba formada por una esposa joven, como él que aún no había cumplido los treinta y seis, atractiva y amable y su hijo con tres años y una vida en perspectiva enorme. También eran parte de esa realidad su trabajo -casi mileurista- era lo que había; su coche- un utilitario que estaba pagando; su piso con una hipoteca de por vida y toda esa serie de medios que le permitían asomarse al exterior sin contaminarse: la televisión, internet, las redes sociales-ya tenía más de quinientos amigos- y el móvil de última generación.
Comentaban los sucesos del día mientras Ángela la daba la merienda a Raúl cuando un ruido ensordecedor se extendió a su alrededor y el suelo, las paredes y todo empezó a vibrar.
El televisor estalló vomitando las miles y miles de víctimas no mostradas en los edulcorados informativos, el griterío de los sin hogar y marginados se oía por el pasillo procedentes del pc, el dolor del mundo se extendía por toda la casa como una ola que amenazase toda su realidad.
Miguel sólo tuvo tiempo de arrastrar a su mujer y a su hijo fuera de la casa y ya en la calle, viendo como se desplomaba su vivienda, descubría la “realidad no virtual”
Era miércoles 11 de mayo de 2011 y Miguel vivía en Lorca.



lunes, 2 de mayo de 2011

AMBOS-SENDOS (Relatos 12)

Paco estaba nervioso, la Semana Santa se echaba encima y aún le faltaba por preparar: el capirote que el año pasado se le mojó y estaba hecho un desastre, orear la túnica y el antifaz, que olían demasiado a alcanfor y abonar la papeleta de sitio. Este mismo ritual se sucedía cada año desde que tenía recuerdo. En esta ocasión, no es que la Fiesta hubiera venido de pronto, este año era a finales de abril, pero a Paco siempre le faltaba tiempo para tenerlo todo preparado.

Lo único que había realizado, Paco, con la suficiente antelación, fue pedir esa semana de vacaciones a su jefe, con objeto de que nada profano, se interpusiera en su objetivo, vivir con pasión su Semana Santa.

Las previsiones meteorológicas auspiciaban, en principio, un tiempo primaveral, con temperaturas agradables. Los naranjos ya en flor, anunciaban el aroma propio de la ciudad en esas fechas, azahar e incienso formarían una mezcla embriagadora para sus sentidos.

De la noche a la mañana, las calles se habían ido llenando de gente que con ánimo festivo deambulaban por ellas en búsqueda de algo indefinible, mezcla de devoción, interés artístico y diversión.


El domingo de Ramos, unas ligeras nubecillas asomaban por el horizonte procedente del Golfo de Cádiz. tiñendo de cárdeno poco a poco el cielo de la ciudad; Paco, de inmediato, se sentó frente al televisor para no levantarse hasta conocer la previsión del tiempo para el resto de la semana. El suelo desapareció bajo sus pies, al conocer que una borrasca se adueñaría de los cielos de su ciudad durante toda la semana. Nuestro hombre no daba crédito a lo que sus ojos y oídos veían y oían, y sólo sabía decir: no puede ser no puede ser, con lágrimas en los ojos.

La cruz de guía de su Hermandad traspasó la puerta principal de la iglesia, lucía un sol radiante y todos los hermanos no cabían en sí de gozo. Paco desde su puesto en la fila rompió a llorar, como un niño, de alegría. Cuando la Banda iniciaba su acompañamiento a la Virgen con los campanilleros, y las puertas del templo se cerraban tras ellos, súbitamente el sol empezó a esconderse tras una nubecilla grisácea.
La gota que a Paco le hizo descubrir el drama cayó directamente sobre la llama de su cirio, apagándolo de golpe, para ese momento, ya se había dado la voz de alarma a través de la fila y la procesión inició una carrera desenfrenada en búsqueda de cobijo para sus sagradas imágenes. La Iglesia de Santa Casilda, acogió los pasos que empapados entraron al refugio. Transcurridas dos horas, la lluvia lejos de desaparecer se intensificó de manera torrencial, visto lo cual y con la autorización del párroco de Santa Casilda, previa conversación con el hermano mayor, se decidió que las imágenes permanecerían en el templo hasta su regreso a su parroquia cuando el tiempo lo permitiese.
Paco sintió una mezcla de emociones, por un lado la tristeza de no haber hecho el recorrido previsto; por otra la alegría de haber podido acompañar a su Virgen en procesión.
...Ya sólo quedan 364 días para gritar otra vez, ¡al cielo con ella ¡






jueves, 10 de marzo de 2011

EL FUTURO PERFECTO ES SÓLO UN TIEMPO VERBAL (Relatos 11)

5 de febrero de 2015, me encuentro confinado en una celda de aislamiento en el campo de concentración de Castuera en España.
Tras la crisis económica de la primera década del siglo XXI, con los mercados colapsando los países, Alemania inició la III Guerra Europea en menos de un siglo. En este caso sus carros de combate fueron sus multinacionales y la invasión se inició con la absorción de bancos de los restantes países.
Como en 1940 sus ejércitos contaron, en seguida, con el gobierno colaboracionista francés y la sumisión, incondicional, de los gobiernos de España, Portugal y Grecia.
Se constituyó un Gobierno Europeo cuyos parlamentarios eran altos ejecutivos de: la banca, las farmacéuticas, las alimentarias y las fábricas de armas.
Todo ciudadano de la Nueva Europa tenía el deber de trabajar para la construcción del Gran Estado y los pobres e inmigrantes fueron recluidos en campos de concentración en España y Portugal.
Islandia fue anexionada por el método de asfixiarla económicamente y su presidente juzgado y condenado por rebelión.
No tardó en organizarse la resistencia, en este caso formada por científicos, investigadores, jubilados, trabajadores y movimientos ciudadanos y su actividad consistía en: desarrollar una economía más limitada, producir bienes a precios asequibles, investigar al margen del poder y devolver este a los ciudadanos.
La represión sistemática fue brutal y los campos de concentración y de trabajos forzados se llenaron de ciudadanos “marginados”.
Fui descubierto por la delación de un “paciente infiltrado”, fui detenido y obligado a comparecer ante un jurado compuesto por representantes de la industria farmacéutica que me condenó sin posible apelación.
Mi delito consistió en descubrir y aplicar una vacuna contra la caries.


martes, 15 de febrero de 2011

CURRÍCULUM (Relatos 10 )

Es posible que muchos de ustedes estén familiarizados con la sangre: un corte, una herida, una hemorragia.
Pero no tantos habrán sentido la sensación de ver como un chorro de sangre mana frente a uno y le salpica las manos, la cara, la ropa y ese rojo delator, untoso y caliente le embadurna a uno; la sangre es pegajosa y las manos y dedos se adhieren con ese fluido hipnótico.
Estamos acostumbrados a ver como otras personas matan animales en nuestra presencia, nos sentimos vicarios del: matarife, torero, etc. y la culpa se diluye entre el grupo de espectadores; pero no todos observamos, sin perdernos un detalle, la maniobra. La víctima emite rugidos, balidos, lucha, se agita, se defiende, se contorsiona mientras el chorro de su fluido vital va saliendo a impulsos cada vez menos intensos y más espaciados hasta que el rojo líquido deja de manar.
No, la muerte violenta no es nada divertida, obscena sería la palabra que mejor la definiría y casi nadie tiene los redaños de asistir a la función completa como único espectador.
Basándome en ello, he solicitado la plaza de Verdugo del Estado, no en vano pasé veinte años en una penitenciaría por homicidio.
Creo que estoy más que capacitado para obtener el puesto.

martes, 1 de febrero de 2011

RETAZOS ( Relatos - 9 )

Me he levantado con una ligera opresión en el pecho, mi mujer dice que he dormido agitado y soñando en alto.
Estos días estoy sometido a una enorme carga de trabajo -la auditoría- y... me cuesta desconectar.
Pero el ritmo del día a día se impone y no me puedo permitir el lujo de perder el autobús. La parada ya está próxima, cinco minutos andando.
Vuelvo a sentir la opresión...esta vez más fuerte...
...el brazo derecho me pesa , me duele desde el hombro...
...me falta el aire...
...tengo náuseas...
...me falta el aire...aire...
...el suelo viene hacia mí.




sábado, 15 de enero de 2011

EN LA FLORESTA (Relatos - 8)

La lujuriante vegetación se agitaba al ritmo de un aura matinal que hacía desperezar a los seres del bosque.
Tímidamente los rayos del sol penetraban entre las ramas de los árboles en su camino de ascenso al mediodía, senda por la que ,cansinamente, se deslizaba día a día buscando su orto.
La hermosa orquídea había abierto sus pétalos el día anterior y estaba exuberante de belleza y colorido. Tales eran sus atributos que atraída por ellos una enorme abeja se posó en sus proximidades. La abeja desconfiaba de tanto atractivo y temía encontrarse ante una terrible flor carnívora, que exponiendo sus engañosas galas aguardaba a sus incautas presas para el alimento diario.
Una primera maniobra de aproximación se saldó con un amago de posado y una vibración de los labios de la flor ante el vaivén del viento.
El segundo acercamiento, más atrevido, le permitió posar sus patitas en una de las lindas hojas que formaban la corola de la flor y le permitió aspirar todo su aroma. No lo dudó más y con el instinto de supervivencia ya perdido se abalanzó hacia el interior de su presa.
El perfume, la suavidad de sus paredes, los colores, el vibrar de sus estambres, el leve agitar de sus pétalos ante lo que suponía el ligero pero perceptible peso del insecto despertó un ansia de agotar su breve vida entre la perfectamente formada copa de la flor.
En un todo embriagado, el insecto inició un proceso que tanto para él como para la orquídea no acabaría sin cicatrices. Clavó su lengua una y otra vez en lo más intimo de la flor y empezó a succionar una y otra vez...y en cada nueva absorción se le iba la vida.
El néctar que extraía le iba emborrachando más y más del placer de la orquídea; una flor que sentía en su interior sensaciones nunca percibidas, un hurgar en ella y una mezcla de placer y dolor, un debilitamiento de su pistilo ante las caricias dolorosas que la abeja le producía en su libar interior.
El tiempo se detuvo, el sol en su ascenso se paró y furtivamente,entre las ramas, fue testigo de aquella tragedia que sólo podía terminar con el final de ambos protagonistas.
Lentamente al sol lo ocultó una nube, que avanzaba para esconder bajo su manto de oscuridad tanto dolor.
Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre una abeja que, dentro de una orquídea mustia, exhalaba su último aleteo.


sábado, 1 de enero de 2011

CUMPLEAÑOS (Relatos 7)

La madre y su prole llegaron al asador.

El día anterior había hecho la reserva para las dos de la tarde y su encargo estaba preparado.

Era una fecha importante, probablemente apareciese alguien próximo para la hora de la comida y quería  quedase satisfecho.

Ella mostraba sumo cuidado y se defendía muy bien preparando comidas, pero para un día así prefería no “meterse en la cocina” y encargar el asado fuera.

Como otras veces, y dado que para caldo era muy buena, le habían apartado la cabeza antes de asar. Pidió que se lo trincharan, y que le pusieran suficiente salsa; de tal modo que el empleado preparó, perfectamente envasadas, las partes: los cuartos traseros, los delanteros,etc.

Al marchar todos para casa con el encargo, ella reflexionó sobre la respuesta ,esperada, de su esposo al verlos :“¡ vaya, otra vez hombre asado!” y emitió un cacareo.

martes, 21 de diciembre de 2010

PEPE (Relatos 6 )

 Pepe estaba de vacaciones y acompañó a su madre al horno, esos días se hacían largos, pesados y aburridos. Las mujeres del barrio traían sus canastas con los avíos: azúcar, matalahuga, almendras, limones, cidra, obleas y miel; allí tomaban la vez para seguir las instrucciones que la hornera les daba: así una molía la almendra, otra amasaba, otra preparaba los envoltorios y todo era una barahúnda en la enorme nave en cuyo fondo estaba el horno; horno que había servido durante la noche para cocer el pan y que ahora se usaba para hornear dulces.
Una vez terminada la preparación, su madre se iba a casa ; eran días de mucho trabajo y Pepe, que tenía ya ocho años, quedaba encargado de estar pendiente del turno y avisar cuando las bandejas habían entrado en el horno. Allí al calor y al olor de tanto aroma mezclado Pepe se aburría, pero se estaba mejor que al frío de la calle.
A media tarde, cansados, contentos y con la ayuda de algún amigo volvían a casa con una canasta llena de mantecados, roscos, alfajores, gusanillos y empanadillas.
Por las mañanas Pepe y su hermana eran despertados por su madre quien irrumpía en la habitación con una bandeja de mantecados y roscos, que acompañados de una diminuta copa de anís“La Pastira”, les endulzaba el nuevo día. La bandeja pasaba a presidir la mesa del salón junto a dos copas limpias y sendas botellas de anís y coñac; eran “las pascuas” de las visitas.
El frío era intenso y él no salía sin sus guantes de lana, su bufanda y su abrigo, su madre siempre le decía “vas muy desabrigado”; aunque toda la indumentaria era para cruzar la calle para ir a casa de sus abuelos.
Un día fue despertado por una cantinela que la radio arrojaba sin cesar : “treinta y dos mil, cuatrocientos veintiuno...veinticinco mil pesetas...” era un sonido que acompañaba a todo el mundo allá por donde iba: en el bar, en la sastrería, en la barbería , en el mercado...una plegaria continuada en la búsqueda infructuosa de “salir de pobres” como todo el mundo ansiaba.
Por la tarde el comentario común giraba alrededor de que lo importante era la salud; Pepe no tenía muy claro lo que querían decir pero no se parecía a lo que la radio refería “millones en Soria, Talavera de la Reina y Albacete...o muy repartido ”. Las portadas de los periódicos del día siguiente mostraban, con grandes titulares y a toda página, gente con participaciones de lotería bebiendo champán y riendo de oreja a oreja.
Al atardecer se juntaba con Paco, Alfonso, Ángel y Agustín e iban a casa de sus familiares con las zambombas, panderetas, carracas y chinchines a cantar:

“ Si no me das el aguinaldo
al niño le voy a pedir,
que te dé un dolor de muelas
que no te deje dormir.
Al kirikikí
al kirikicuando
de aquí no me voy
sin el aguinaldo”

Les invitaban a entrar en la casa y con un mantecado y una copita de anís o coñac se iban con la música a otra parte.

Mañana 24, por la noche, Pepe, su hermana y sus padres irán a casa de sus abuelos maternos, allí se encontrarán con sus tíos y primos para cenar todos; más tarde vendrán sus otros tíos y primos,. Mientras los mayores se van a la Misa del Gallo, ellos cantarán al enorme, completo y bonito Belén que su tía Elisa construyó, comerán mantecados, turrón, peladillas y jugarán a “las tinieblas” hasta que sus padres vengan a recogerlos para irse a casa. Los más pequeños a esa hora estarán durmiendo y volverán en los brazos de sus padres.



                                                         ¡¡¡ FELIZ  NAVIDAD !!!




sábado, 18 de diciembre de 2010

LA CITA (Relatos - 5)

El salón aparecía repleto de gente en traje de gala, el ruido era tenue, un murmullo hacía de sonido ambiente, era como una oración acompasada y continua, sin estridencias ni silencios.
Los había de pie y sentados, estos últimos distribuidos por las mesas, que situadas junto a las paredes del local permitían, a quien se lo propusiese, ocupar el centro para bailar.
Me coloqué de tal modo que podía observar cualquier persona que entrase a la fiesta, sería el primero en ver llegar a quien esperaba.
Al fondo a la izquierda de la puerta de acceso, oculta con cortinas rojas, se podía ver un estrado sobre el que un grupo formado por: un saxo, un bajo, un trompeta ,un trombón y un batería, interpretaban temas de Gershwin y otros creadores de “swing” pero el sonido era acolchado y apenas sobresalía por encima de las “oraciones” de los asistentes.

A la derecha de la puerta estaba dispuesto un mostrador tras el cual camareros vestidos con chalecos de fiesta, pajarita y camisa blanca atendían los requerimientos sin un parpadeo. Una enorme estantería respaldaba el frontal del bar en donde diversas botellas mostraban un decorado multicolor.
Los grupos de personas no mostraban el mayor interés por la música y la pista estaba invadida por grupos y parejas que vestidos de fiesta conversaban entre sí. En algún momento, por el andar o los movimientos me parecía identificar a alguien; pero su rostro no me decía nada ni sus rasgos me recordaban a nadie que hubiese visto nunca.
La enorme araña central descargaba un torrente de iluminación sobre todo su alrededor con multitud de bombillas encendidas.
No era mucha la gente que excedía la cuarentena y, mirando con atención, era elevado el grupo de quienes habían sobrepasado la tercera parte de la vida; sólo existía el contrapunto de tres o cuatro jóvenes que deambulaban siendo ignorados por el resto; aunque no era fácil detectar corrientes de aceptación o rechazo por parte de unos seres que parecían “colocados” en una suerte de escenario.
Sin solución de continuidad el decorado se fue transformando: la luz se fue haciendo menos brillante como consecuencia de la conversión de bombillas en bujías ; los asistentes fueron adquiriendo un aspecto aun más envarado y su indumentaria iba siendo sustituida por polisones, casacas y pelucas; el estrado había sido ocupado por un piano, violines y chelos; el bar desapareció engullido por unas cortinas que, descendiendo del techo, se adelantaban y ocultaban un pequeño escenario.
Mientras percibía todo ello el silencio se fue imponiendo sobre el leve ruido de conversaciones y contemplé como mi dama, aquella a quien llevaba esperando aparecía en al sala.
Nunca la había visto, pero intuí que era ella, su porte y el hecho de que todo el auditorio enmudeció a su aparición confirmaron mi sospecha.
Avanzaba hacia mí y todos fueron abriendo un ancho pasillo por el que se deslizaba mas que andaba y su presencia iba ocupando todo el espacio.
Me incorporé y lenta, pero firmemente caminé hacia ella, sus ojos refulgían y eclipsaban las luces que la lámpara emitía; su vestidura, negra hasta los pies, resaltaba sus formas y aproximándome a ella la tomé de la cintura y comenzamos a girar a la vez que desaparecía todo a nuestro alrededor.
La orquesta inició el primer movimiento del “Requiem” de Mozart.