domingo, 12 de junio de 2016

SIETE AÑOS (Relatos 41)

                            
 El portillo se cerró tras él y se encontró en la calle, libre. Volvió la vista y vio como la mirilla se cerraba también.
El sol reflejaba una explanada de gravilla y a unos cincuenta metros se veía una marquesina de autobús desierta a la que dirigió sus pasos.

*  *  *
Habían sido siete años, siete. Siete años por estar en un lugar equivocado a una hora errónea.
Siete años es mucho tiempo para esperar a un padre y esposo sin recursos algunos. También es demasiado tiempo para permanecer en una vivienda sin poder pagarla mes a mes.
Durante siete años se confirma que fuera ya hacía más frío que dentro. Que en la cárcel todos los roles están distribuidos y siendo insignificante y pasando desapercibido eres ese número que ni molesta ni inquieta, que regularmente tiene asegurados una comida y un techo.
Las humillaciones y abusos de dentro no son comparables a las sufridas, encubiertamente, fuera. El poder, sin rostro y omnipresente en el exterior, tiene faz y límites entre las cuatro paredes.

                                                 *  *  *

El hombre sube el autobús que lo devolverá a la misma parada al concluir el circuito.



jueves, 2 de junio de 2016

¿ Y AHORA, QUÉ ? (Relatos 40)

  

-¡Oiga…oiga! –se oye una voz.
- Sí, ¿quién es? –responde otra.
- ¿Es usted… el narrador? –vuelve la primera.
- …¿el narrador de…? –completa la segunda.
- Sí, no sé su nombre, pero creo que es usted el narrador. Yo soy el personaje –se identificó el primero.
- Bueno… en realidad, sí. En varias ocasiones he actuado de narrador; pero siempre en tercera persona.
- ¿Ve?, ya me lo parecía. La verdad es que ya quería yo tener una charlita con usted –insistió el personaje.
- Pues, dígame…dígame –respondió el narrador.
- Ya que nos conocemos, o al menos usted me conoce mucho a mí, podríamos tutearnos. ¿Le parece? –dijo el personaje.
- Por mí no hay inconveniente. Pero, ¿qué querías?
- Pues…llevo tiempo pensándolo y esperando la oportunidad y ya que te prestas a oírme, te contaré.
- Resulta que en las historias que he vivido como personaje no me he sentido especialmente gratificado, o sea, contento. Las he terminado con una sensación como de insatisfacción. ¿Me sigues?
- Te sigo, continúa.
- Resulta que he estado en una habitación, en silencio, con mi mujer y me he movido sólo para pasear al perro; he estado, junto a un panoli en una cafetería, esperando a alguien imaginario. ¿Estás ahí?
- Sí, te escucho. Sigue.
- Como no dices nada…
- Te estoy oyendo y no quiero interrumpirte. Sigue.
- Me he paseado por una ciudad y veo un fantasma; he ido a capturar una pava, maldita la gracia que casi me deja tuerto de un picotazo; y así… ¿No piensas que el autor podría, a ti y a mí, situarnos de modo que tú contases cosas más divertidas o interesantes sobre mí y yo viviese aventuras más atractivas? –continuó el personaje.
- Pues, después de lo que has dicho, tienes razón; porque ¿a ti qué te gustaría hacer? - respondió el narrador.
 - Hombre, pues…tomarme unas cervezas de vez en cuando, una juerguecita, a veces,  no viene mal; ligar con alguna tía que me la lleve a la cama, pero sin sustos. Porque anda que la que me lió con la psicópata aquella…en fin, que yo quiero llevar una vida normal y corriente y no tan trascendente.
- Chico, tienes razón, te entiendo. Pero…en confianza ¿no será que el autor no sabe situarte en esas situaciones y ambientes porque no sabe o es torpe para hacerlo? -sugirió el narrador.
- Pues, no se me había ocurrido, la verdad. Que sea novato, no tenga soltura y le cueste trabajo hacer historias así.
- Otra  cosa se me ocurre. ¿Podría deberse a que las historias que cuenta son muy cortas y necesite más espacio para tramas más amplias y diversas? ¿Cómo las novelas, de largas? –continuó el narrador.
- No me lo creo, más bien pienso que no sabe, es de corto recorrido y además es muy tímido para contar, sobre mí, cosas tan íntimas o, lo peor, que tiene envidia de que yo disfrute –siguió el personaje.
- Pues es posible que tengas razón en alguna de las cosas que has dicho. ¿Y qué crees que se puede hacer?
- Lo único que se me ocurre es que tú, que haces de vocero de él, te desmarques un poco, le hagas dudar sobre lo que ha de contar y lo reconduzcas. De ese modo yo podría echar una canita  al aire, divertirme un poco y llevar una vida menos  especial.
- ¿No te parece?
- ¿Crees que lo podrás hacer?
- No sé, menudo marrón me dejas, pero haré lo posible.
El silencio se instauró de golpe.